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Terra
La Coctelera

Capítulo 9: Cinta aislante de color rosa

Mientas Lucía me cuenta la verdad siento un fuego hervir en mi interior. Se calienta poco a poco y crece envuelto en llamas conforme ella continúa el relato. Al principio pienso que puede ser odio, o vergüenza, o quizás una mezcla de ambos. Pero es algo más profundo que nace de los momentos perdidos y el rencor oculto y encadenado al conformismo y la necedad. Creo todo lo que me dice sin plantearme siquiera la posibilidad de que sea mentira. Yo puedo pintar el pasado y el futuro y ella puede hacer lo que asegura que es capaz de hacer ¿Quién soy yo para poner en duda sus palabras? Además, todo encaja a la perfección.

-¿Recuerdas cuando nos conocimos? -me pregunta- Fue en un restaurante de carretera, uno bastante grande que está a las afueras del pueblo. También allí fue donde me diste el primer beso y donde nos tomamos de las manos y decidimos llevar lo nuestro adelante. Bien. Pues olvídalo. Llevábamos años detrás de ti, observándote y esperando que fueras lo que finalmente eres. Me enviaron para controlarte, para evitar que otros ojos te descubrieran. Yo abrí tu corazón al mío y logré que te enamoraras perdidamente de mí. Eso es lo que yo hago. Consigo que la gente me retenga en su interior y no pueda vivir sin dedicarme todos sus pensamientos y toda su vida. Esa es la maldición con la que nací y que ellos me enseñaron a utilizar.

-¿Quiénes son ellos, Lucía? -casi no puedo creer todo lo que cuenta, pero en el fondo de mi ser entiendo que es cierto. En estos momentos me interesa más saber qué hay detrás de todo esta locuraque descubrir si lo que siento por ella es solamentefruto de una habilidad que se escapa a mi comprensión.

-El último sobre que recibiste fue el detonante de todo -me dice sin responder a mi pregunta-. Ahora ya intuyen, o quizás saben, que puedes ver lo que esconde el sindicato católico. La foto que te enviaron era sólo una última prueba para estar seguros de si valía con mantenerte a raya, comprado con su dinero, o si se hacía necesario adoptar medidas más fuertes. Primero te intentan utilizar, te sorben todo y luego, si consideran que eres un peligro, te quitan de enmedio. Tú viste algo después de mirar la foto del padre Beato, ¿recuerdas?

Lucía se queda mirándome. Poco a poco, todo el puzle comienza a tomar sentido. Las llamadas al teléfono móvil, los sobres pegados con cinta aislante rosa a los bajos de las sillas del cine, las fotografías y el trance que me sobreviene después.
Es como adentrarse en un túnel que no para de dar vueltas. Me mareo y no puedo hacer nada por evitarlo. Repentinamente, mi estómago se rebela y me obliga a levantarme tan rápido como puedopara llegar a tiempo al baño. Echo lo poco que comí la noche anterior en un solo estertor qu me hunde el pecho y me vacía por dentro. La bilis, amarga y viscosa, se mezcla con el huracán de sentimientos que ahogan mi mente y supuran de mi corazón. Jamás he amado a Lucía, nunca he sido libre y ahora, encima, el partido más poderoso de todo el país anda detrás de mí para liquidarme porque se supone que sé algo que ni siquiera puedo recordar. Se supone que sólo quería vivir lejos del pueblo porque no soportaba estar cerca de ella. Se supone que mi obsesión era sacar a la calle mi tebeo para que cerca de dosmil lectores disfrutaran con mis viñetas. Se supone que con todo eso me valía, que no necesitaba nada más. Ahora toda mi vida se derrumba como un castillo de naipes azotado por el viento.

Un golpe seco y fuerte me saca de mis pensamientos. Oigo a Lucía gritar y escucho cómo la puerta de la habitación salta en pedazos. Como puedo, me pongo de pie y salgo apresuradamente del baño. No pienso en mí, ni siquiera en lo que pueda estar sucediendo allí fuera o en lo parecido que es ese golpe repentino a un disparo. Mi mente sólo puede pensar en Lucía, en su seguridad, en que no le pase nada malo.

Capítulo 8: Identidad perdida

Cuando me desperté, Lucía ya estaba en la habitación. Llevaba puesto un abrigo largo y negro que sólo dejaba ver su rostro aniñado y un par de botas altas de piel oscura. Yo ya sabía que acabaría viniendo, pero verla allí, de pie, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en mi cama hizo saltar un resorte en mi interior. Fue como si un verdugo de cara amigable y conocida aplicara una tea ardiendo sobre mi pecho. El dolor, intenso y ávido de carne, se asentó en mi ser y abrió un torrente de afilados recuerdos que se propagó por todo mi cuerpo en pocos segundos.

-Hola -me saludó sin apartar su mirada de mi rostro-. Yo no quería venir, pero no quedaba otra salida. Espero que lo entiendas.

-Lo comprendo. No te preocupes -le respondí. Estaba perdido y en aquel momento no sabía cómo reaccionar, qué responder o cómo actuar. Todo iba demasiado rápido.

Ella sonrió, pero con una sonrisa agotada y casi desfallecida.

-Nunca aprenderás a sacar lo que llevas dentro, ¿verdad? Siempre tan amable y condescendiente -me dijo mientras se sentaba en una de las sillas de la habitación-. Anda, ven. Siéntate. No podemos perder el tiempo y hay mucho que hacer.

Sin decir nada, hipnotizado por su presencia y por el huracán de recuerdos y sensaciones pasadas que crecía en mi interior, me levanté de la cama y me senté frente a ella. Aquello era casi como en mi último trance. Me sentía ligero, aprisionado por una nube de irrealidad contra la que no sabía combatir. Sólo que allí, en mi habitación, no estaba solo.

Lucía volvió a posar sus ojos en los míos. Estaba nerviosa, algo huidiza. Movía los dedos sin parar y se mordía una y otra vez los labios. La conocía demasiado bien, incluso después de tanto tiempo, como para no darme cuenta de que no estaba allí porque quisiera, sino porque era lo que debía hacer. Y era algo que le desagradaba. Eso estaba claro. Me sentí desfallecer. Uno nunca pierde la esperanza de recuperar lo perdido.

-Voy a ir al grano. No voy a preguntarte cómo te va porque ya lo sé. Y tú tampoco me preguntarás nada. No me interrumpas. No hables. No digas nada... aunque te duela -Lucía apartó la mirada y estuve a punto de preguntarle qué sucedía, qué era tan importante, qué podría hacerme aún más daño. Pero le hice caso y callé-. Tú no eres el único que se siente fuera de lugar. No te creas que no hay más como tú. Somos muchos los que huimos porque crecimos siendo monstruos capaces de odiarnos y autocompadecernos al mismo tiempo. Tú puedes dibujar sobre el pasado y quizás también sobre el futuro...

Al oír aquello no pude evitar levantar aún más la mirada y observarla sorprendido ¿Cómo sabía aqúello? ¿Desde cuándo lo sabía?

-No te sorprendas. Igual que tú tienes esa habilidad, otros poseen maldiciones que no podrías imaginar. Incluso yo. No me mires así. Por eso he venido. Estás cegado por el pasado. Los recuerdos taponan tu don y te están consumiendo. Mírate. Ya no comes, no sales de tu habitación, no tienes amigos... Y buena parte de la culpa es mía. Tú eres como eres porque me conociste... -se detuvo durante unos segundos. Me pareció que buscaba las palabras correctas, eligiéndolas y valorándolas con cuidado-. Tú eres así porque yo te hice así.

Capítulo 7: ...de todo lo visible

Cuando despierto, Francisco sigue sentado frente a mí, al otro lado de la mesa. Como si no hubiera sucedido nada, me acerca una hoja en blanco y un carboncillo. Ahora que he regresado soy más o menos consciente del tiempo que llevo sin salir de mi habitación. Hace varios meses que sobrevivo gracias a la comida y la bebida que, entre trance y trance, colocan en las estanterías y armarios de la pensión. Aún no tengo muy claro de quién se trata o si lo hace para comprarme o mantener mi boca cerrada y mis lápices a buen recaudo.

Durante las últimas seis o siete semanas, los trances se han tornado impredecibles y violentos. El déjà vu se presenta en la mayoría de las ocasiones como un torrente que me atrapa y me remueve las entrañas como si fuera un gigantesto tornillo al rojo vivo. Es doloroso, pero también me alivia el pesar que presiona mis huesos y amenaza con mantenerme pegado a la realidad. Viene cuando quiere, dura lo que le da la gana y se va cuando más lo necesito. Ha escapado a mi control (si es que alguna vez lo tuve yo a él controlado) y no me importa lo más mínimo.

Desde que regresé a la pensión aquel día no he vuelto a dibujar ni una sola viñeta. Me da miedo descubrir que lo que sueño mientras estoy despierto pueda devorarme no sólo a mí, sino también a todos los que me rodean.

-Dibuja lo que has visto, Udai -me insta Francisco sin un ápice de amenaza en su voz. Parece que sólo quiere lo mejor para mí, pero no sé si fiarme.

Este hombre, que llegó hace ya varias semanas, tiene la mirada torva y hundida. Las ojeras son tan pronunciadas en su rostro que llegan a ocultar el azul platino de sus ojos y contrastan con la palidez de su tez suave e imberbe. A veces parece un ser andrógino surgido de un cuento de hadas y otras se presenta como un monstruo anodino y cansado de que todo el mundo le mire de reojo. No se me hace fácil confiar en él, a pesar de que en el fondo sé que tiene razón. Cuando te faltan los amigos, un desconocido amable es tan bueno como el mejor de los psicólogos.

Recojo el folio en blanco y el lápiz de carbón. Fijo la mirada en la hoja y casi deseo que un nuevo trance me eleve fuera de aquella habitación antes de que pueda aplicar el carboncillo. Espero unos segundos y no sucede nada.

-Quizás tengas razón -digo sin fijarme siquiera en si estoy solo o acompañado-. Quizás sea hora de recogerme de nuevo en mí mismo.

Con trazos seguros y firmes, como si hubiera seguido dibujando cada día durante los últimos meses, recorro el folio de un lado a otro. Primero busco los contornos, de dentro hacia fuera, como he pintado siempre. Después giro el carboncillo y le voy dando forma mientras dibujo líneas más gruesas, sombras y negros profundos. No me lleva más de cinco minutos confeccionar un primer dibujo de Lucía sentada al otro lado de la mesa, con la mirada fija en mí (o en cualquiera que observe la pintura) y las manos apoyadas sobre una mesa de restaurante. Detrás de ella, la escasa luz de las farolas por la noche arroja el nombre de la cafetería grabado en el vidrio que da al exterior: La pantera rosa. Le paso el dibujo a Francisco, sin mirarle ni levantar la vista del carboncillo que me mancha los dedos.

Escucho como recoge la hoja y la estudia por unos segundos. Me mantengo alerta para recibir una reprimenda. Estoy seguro de que no era eso lo que esperaba. A ellos les interesa más la otra parte de mis trances, aquellos que me abandonaron hace meses después dehaberme exprimidoal máximo. Sin embargo, siento como se levanta de la silla y me permito incluso observarle de reojo, con esa mirada que lanzan los locos a sus cuidadores cuando saben que se han saltado una norma.

Está marcando un número en su teléfono móvil. Se lo lleva al oído y espera unos segundos.

-Hay que traerla -dice sin bajar la voz-. Estamos perdiendo el tiempo. Yo no puedo conseguir nada si él no quiere. Y está claro que no quiere.

Cuelga. Se da la vuelta, apoya las manos sobre la mesa y espera hasta que fijo mis pupilas en sus ojos hundidos. Atisbo cierto pesar en su mirada.

-No es bueno lo que has hecho, amigo. No queríamos llegar a esto. Mañana volverás a ser el Udai del año pasado, aunque ello te cueste parte de tus recuerdos.

Capítulo 6: De todo lo invisible...

Lucía me mira a los ojos como si fuera la primera vez que me ve. Me taladra con sus pupilas redondas y profundas, sin expresión alguna en el rostro. Está sentada frente a mí, al otro lado de la mesa de la cafetería y yo sigo sin estar seguro de si se trata de un sueño o una maldita pesadilla. Lleva el mismo vestido rojo ceñido que se puso para nuestra primera cita y sus labios lucen una pitura carmesí tan familiar para mí como el dulce perfume que inunda aquel rincón del bar.
-¿Sabes? Decidí dejar de huir y al final no conseguí más que hundirme en mi propia peste -le digo, consciente de que probablemente esté hablando solo y allí no haya nadie más que yo-. Pero supongo que a ti te da igual.
Espero una respuesta, pero Lucía mantiene su mirada fija en mí sin pronunciar una sola palabra, sin cambiar el rictus ni pestañear siquiera. Cada vez estoy más seguro de que aquel reflejo en el asiento de enfrente es un fraude que trata de engañar a mis sentidos. Pero prefiero dejarme llevar por la ilusión que caer en la tremenda realidad. Le cojo la mano con dulzura, palpando sus dedos y saboreando con mi tacto marchito su piel pálida y suave. Trato de convencerme a mí mismo de que podría quedarme allí sentado para siempre.
-Me da igual estar en Madrid o en pueblo. Ya no creo en nada. He perdido el apetito, el sueño e incluso la cordura. Sí, de lo último estoy casi seguro -sigo hablando conmigo mismo-. Me he perdido y no logro reencontrarme. Y lo peor es que no me importa.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo encerrado...

Interludio (De fuera de Udai)

La mujer de la gabardina verde se sirvió una copa de vodka negro, observó el vaso de hojalata que sostenía en su única mano y acercó la nariz al borde del recipiente.
-Hace años que no bebo, ¿sabes? Sin embargo, no dejo pasar un solo día sin deleitarme con el perfume del alcohol ¿Por esto estoy loca? ¿Tú qué dirías, Gorka?
El hombre se sentó a los pies del sofá, al lado de la mujer. Le cogió ambos pies con sus manos, grandes y robustas, y comenzó a masajearlos con sabia maestría, aplicando presión allí donde se necesitaba y relajando los músculos que reclamaban descanso. Ella se estremeció, tosió sobre el vaso de vodka y se secó los labios con la gabardina. Luego sonrió a su acompañante.
-Ya ves. No termino de recuperarme a pesar de tus cuidados, mi niño grande. Cuéntame ¿Cómo va todo? ¿Sabe ya lo que se le viene encima?
Gorka habló con una voz grave y profunda, mirándola a los ojos sin pestañear:
-Tiene una idea bastante acertada de lo que le está sucediendo, pero aún no es consciente de todo lo que arrastra a su paso. Es un buen chico, no me entiendas mal. Es sólo que pienso que es demasiado joven.
-Te entiendo. Sigue.
-Recibe los sobres cada poco tiempo. Hasta ahora no dudaba en seguir las instrucciones, pero lo del otro día parece haberlo cambiado todo. Lleva casi una semana encerrado en su habitación, casi sin comer ni beber. Le vigilamos y tratamos de guiarle, pero ya no se deja.
La mujer observó a Gorka con una mezcla de curiosidad y simpatía reflejada en el rostro.
-¿Aún desconfías de mí? -le preguntó sin malicia-. Aprenderás, mi niño, que mis sacrificios han servido para algo mucho mayor y que ese muchacho desvalido y perdido puede hacer mucho por todos nosotros. Es la oportunidad que esperábamos. Él nos mostrará qué hacer y cuándo hacerlo. Hasta entonces, limitémonos a cuidarle y guiar sus pasos cuando se tuerza.
Gorka se revolvió en su asiento, apartó los pies de la mujer de su regazo y se levantó del sofá.
-Ellos saben dónde vive e intuyo que también saben que no va bien. Mientras le tenían controlado no corría peligro, pero ahora...
-Ahora no sucederá nada... -le cortó ella-. No se atreverán. Le pusieron una prueba dura con la última foto. Querían estar seguros de que nadie podría desvelar el secreto. Está claro que no se quedarán contentos hasta que tengan la total seguridad de que están a salvo. Lo que hay que hacer es provocarles esa sensación de seguridad. Llama a Francisco. Dile que tendrá que charlar con él y explicarle algunas cosas. Que le haga comprender que no debe dejar de dibujar su siguiente viñeta. Que le diga que invente, que la realidad no debe ser desvelada aún.
Gorka seguía nervioso. Chasqueaba los dedos con insistencia y se mordía la lengua para no replicar.
-¿Y si no funciona? -acabó por preguntar.
La mujer dejó el vaso en la mesita de cristal, se incorporó en el asiento y dejó caer la cabeza hacia atrás, agotada.
-Si no funciona habrá que traer a Lucía. A ella sí le hará caso.

Capítulo 5: Marejada de dudas

El sindicato católico ha venido a verme a la pensión. Por suerte, yo ya me había ido, pero ahora he de tener aún más cuidado con lo que hago. Aunque se supone que no existe censura, sé que esos hipócritas andan detrás de mí desde hace tiempo. El mundo es una mierda y Madrid es el centro de todo el maldito engranaje.
Anoche, cuando regresé a mi habitación con un nuevo sobre pegado con cinta rosa, la dueña de la pensión me paró en el rellano.

-No queremos líos, joven -me advirtió casi sin mirarme a los ojos, como suele hacer la gente de la capital-. Han venido a verle los del sindicato, dos tipos con alzacuellos que querían hablar con usted de algo.
-¿Qué les ha dicho? -le pregunté mientras rebuscaba las llaves de la habitación en los bolsillos, seguro de que me echaría de la pensión.
La viejecita cambió de actitud y me miró directamente a los ojos con un rictus mezcla de sarcasmo e ironía dibujado en la cara. No sonreía, pero advertí en su mirada que aquello le divertía.
-Les di una vuelta por las habitaciones. Esperé a que revisaran la pensión y luego les pregunté que si habían visto algún crucifijo colgado en la pared. Se fueron sin decir más, los muy cobardes.
Aquello no me lo esperaba. Una revolucionaria casi centenaria en pleno centro de Madrid.
-Las cosas ya no son como antes -me aclaró mientras me preparaba un té rojo-. Antes había poca libertad, pero sabías a qué te atenías si te salías del tiesto. Ahora todo se hace por detrás, la gente desaparece y no sabes qué ha sido de ellos, la libertad de expresión es una mentira e incluso la política ha dejado de existir.
-Algunos no se resisten a cambiar -inquirí-. Aún queda gente luchadora, ¿verdad?
-Pocos, pero sí. Aún quedamos algunos -me ofreció una taza con el té y se sentó a la pequeña mesa de la cocina. Le seguí y tomé asiento frente a ella. Allí se estaba bien. Reconfortaba saber que uno no estaba solo en el mundo.
-¿Le dijeron para qué me querían? -le pregunté.
-No. Sólo miraron. Casi no dijeron nada. Ya sabe cómo es esta gente. Mucho rezar y poco hablar. Me crispan los nervios.
Asentí y permanecí en silencio. La cocina de la pensión olía a caña de azúcar y canela. No como la calle, que rezumaba humedad y porquería. Me quedé con la dueña de la pensión algo más de un cuarto de hora. Cuando terminé el té me despedí de ella, le di las gracias y subí a mi habitación. Casi me había olvidado del sobre. Por primera vez en muchos meses había conseguido aislarme de los barrotes que aprisionan mi vida. Aquello me dio esperanzas y despertó en mí una llama de ánimo que creía apagada y consumida desde hacía tiempo.
Cuando llegué al dormitorio y me senté frente al escritorio comenzó a apoderarse de mí una somnolencia como hacía días que no sentía. Sabía que debía mirar el interior del sobre, pero una parte de mí que hasta entonces creía muerta me aconsejaba aprovechar aquel momento de descanso.
Me tumbé en la cama, aferré con fuerza la cámara digital que encontré días atrás en el solar y me abandoné al sueño.

...

Los gemidos fueron llegando poco a poco, como siempre. Transmitían miedo y dolor y me hacían sentir náuseas, pero recurrí a todas mis fuerzas para no despertar y forzar así la llegada del déjà vu. Aquella noche se abalanzó sobre mí como una gigantesca ola, ahogándome al momento con sus imágenes anodinas y distantes.
Volví a ver el dormitorio con los niños angustiados bajo las mantas. Fue como observar un pedazo de película muda en color sepia.
La cámara fue avanzando rompiendo la oscuridad de la habitación hasta detenerse ante la puerta. Bajo el dintel, sosteniendo una linterna de aceite, un hombre con sotana observaba en silencio los camastros. Las sombras velaban su rostro y le otorgaban un ánimo del que carecía a plena luz. Lo supe al instante. La cobardía le amparaba y le daba fuerzas para hacer lo que de otro modo jamás podría afrontar. Lentamente, tratando de no hacer ruido con sus pisadas, se acercó hasta uno de los camastros y se sentó a los pies del colchón. Dejó la lámpara en el suelo y, con el corazón a mil y un sudor incipiente mojando su rostro, comenzó a hacer lo que se supone que jamás debería conocer un niño.

...

Desperté angustiado. Me levanté de un salto, tomé el sobre del escritorio y lo abrí. Dentro había una foto de un sacerdote con alzacuellos. Su rostro era viejo y estaba surcado por innumerables arrugas.
Lo reconocí al momento. Era el padre Beato, el dueño y señor del partido eclesiástico y candidato a las próximas elecciones europeas. También era el sacerdote de mi sueño y la persona que iba a cambiar el rumbo de mi vida.

Capítulo 4: La oscuridad del atardecer

Si es la primera vez que lees a Udai, comienza por aquí: http://www.lacoctelera.com/miotravida/post/2006/11/23/el-frio-tras-pared
...

Esta tarde me detuve frente al solar que linda con mi pensión. Se supone que de allí, de un espacio vacío de vida (sólo hay algunos escombros diseminados al azar), surgen cada noche los gemidos que quiebran mi sueño. Quería saber algo más de aquel lugar que en mi déjà vu se viste de dormitorio de pesadilla.
Sin perder de vista el muro que da a mi habitación, seis pisos más arriba, tanteé la valla de madera que separa la acera del solar hasta encontrar una tabla suelta. La golpeé con cuidado para soltarla y me colé por el hueco. Estaba a punto de anochecer (serían casi las seis y media de la tarde) y no se veía prácticamente nada. Siempre he pensado que el momento del día en que peor se ve no es la noche cerrada, sino ese punto intermedio del atardecer en el que el sol aún no se ha ocultado del todo y la atmósfera se vuelve turbia y casi sólida.
El solar era inmenso. Esquivé las rocas más grandes y me adentré poco a poco. No quería tropezar y partirme el cráneo. Al menos no mientras hubiera algo que descubrir.
Di varias vueltas buscando por el suelo, repasé con los dedos parte de los muros de ladrillo y terminé por sentarme en una esquina para ampliar perspectiva. Fue entonces cuando atisbé un destello metálico colocado sobre un grupo de escombros. Me levanté apresurado y me acerqué hasta el pequeño montículo de piedras.
El brillo oscuro de la ciudad me impedía ver con claridad lo que había allí. Parecía un pequeño objeto rectangular pisando un pedazo de papel. Lo recogí sin pensarlo más, me lo guardé en el bolsillo del abrigo y salí del solar en dirección a la pensión. Algo me decía que aquello no había sido una casualidad, que lo que bailaba entre las telas a mi costado podría aclararme muchas dudas.

...

Ahora ya no estoy tan seguro. Tengo el pedazo de papel y el objeto metálico frente a mí, sobre el escritorio en el que hace días intenté grabar con un punzón el número de teléfono de mi mecenas. Ahora es sólo un borrón ilegible.
El objeto metálico es una cámara de fotos digital, de las pequeñas, las que tienen una pantallita para mostrar las imágenes. He tardado menos de un minuto en comprender cómo funciona y en encontrar el botón de encendido. Lo he pulsado, he esperado a que el visor recogiera la luz del dormitorio y he revisado la memoria de la tarjeta. Sólo he encontrado una foto. Ahora mismo la estoy mirando y aún no creo que sea posible. Es la imagen de un amplio dormitorio con las camas colocadas en fila. Parece una foto antigua, de color sepia gastado y bordes marchitos. Sobre las camas (hay varias decenas) se aprecian los bultos pequeños de niños arropados con gruesas mantas. Casi puedo ver su respiración agitada por el miedo.
El trozo de papel es aún más inquietante. Lo he aplanado sobre la mesa del escritorio para poder leer mejor lo que pone. La letra es clara, negra, de una caligrafía exquisita:
"No es el único con habilidades ¿Está seguro de utilizarlas de la manera correcta?"

Capítulo 3: Viñetas con sabor a café quemado

Los teléfonos móviles me suscitan respeto. Me recuerdan al director del colegio al que asistía cuando era niño. No recuerdo su nombre (mi hermano dice que tengo memoria de perro), pero sí guardo la sensación que me dejaba cuando me observaba con esa sonrisa de superioridad dibujada en el rostro. Hicieras lo que hicieras, parecía que siempre sabía dónde estabas o qué travesuras cometías. Aún hoy en día me acuerdo de él con cierto miedo.
Con los móviles sucede algo parecido. Es como llevar encima un localizador que se termina volviendo tan necesario como agobiante y acaba por robarte ese resquicio de libertad que jamás volverás a echar en falta.
Mi teléfono móvil sólo guarda dos números en su agenda. Uno lo tengo localizado, aunque sé que me hace daño y que debería haberme desprendido de él hace tiempo. Es lo que siempre me dicen los pocos amigos que tengo.
El otro lo grabé sólo porque no quiero perderlo y sé que nunca podría memorizarlo o guardarlo de otro modo. Aunque pusiera en ello todo mi empeño, siempre acabaría olvidándolo. Si lo apuntara en un papel, un buen día me daría cuenta de que lo he perdido. Si lo grabara con un punzón en la mesa de mi habitación, por mucho cuidado que pusiera, al final acabaría por resultarme ilegible, como si fuera un borrón sin sentido. Lo sé porque he probado a hacer todo esto y al final lo único que he sacado en claro es que su lugar natural es la memoria del teléfono móvil.
Es el único número del que recibo llamadas. Una al mes desde hace año y medio. Nunca sé cuándo sonará, ni cuál será la petición que me trasmita la voz grabada al otro lado de la línea. Por eso lo llevo siempre encima, aunque me recuerde al director de mi escuela de cuando era niño.

...

La primera llamada que recibí me pidió una viñeta. Fue justo después de encontrar el móvil en la cómoda de mi dormitorio del pueblo. ¿Que cómo llegó hasta allí? Ni idea. Al principio me importaba, incluso me quitaba el sueño. Ahora ya me da igual. Me contento con que me pasen mi cheque a fin de mes y no hago preguntas. He aprendido (con mucho dolor, eso sí) que intentar escarvar en esta mierda tiene consecuencias desastrosas.
Desde entonces he estado trabajando para este mecenas telefónico sin cuestionar lo que me pide. El proceso es simple. Recibo una llamada que me da el nombre de un cine de Madrid y la fecha y hora de una película. Me presento allí, compro una entrada y me siento a verla. Cuando termina, meto la mano bajo el asiento y recojo un sobre pegado a los bajos con cinta adhesiva rosa. Siempre es rosa y siempre pega las cuatro esquinas del sobre.
Cuando salgo del cine regreso a la pensión, abro el sobre, extraigo lo que hay dentro (normalmente una foto o un recorte de periódico) y espero a que llegue el déjà vu. Es el único que me atrevo a provocar, el único que surge sin el aviso de la alarma de mi reloj de pulsera. Suele durar algo más de cinco minutos. Cuando termina, cojo la plumilla y una lámina de papel y dibujo la viñeta de lo que he visto. Espero a que la tinta seque, doblo el papel con cuidado y lo vuelvo a meter en el sobre. Lo cierro con saliva, bajo a la calle y lo echo al buzón. A final de mes me envían a la pensión (o a mi casa, o donde quiera que esté en ese momento) un paquete con dinero... con mucho dinero.
Con este salario que me pasa mi mecenas pago el estudio y edito y reparto los 2.000 ejemplares mensuales de mi tebeo. Como ya comenté, dibujar es el único modo que conozcno para ganarme la vida. Aunque esas viñetas que dibujo, las que me pide primero la llamada al móvil y después el sobre encontrado en el cine, me sepan a rayos. Es difícil de explicar, pero cuando termino de hacerlas me asalta al paladar un sabor como a café quemado. Sé que es una alerta que me avisa de que lo que hago no está bien del todo. Pero, al menos por ahora, no sé vivir de otro modo. Como hace la mayoría de las personas con las que me cruzo por la calle, callo y sigo adelante.