Mientas Lucía me cuenta la verdad siento un fuego hervir en mi interior. Se calienta poco a poco y crece envuelto en llamas conforme ella continúa el relato. Al principio pienso que puede ser odio, o vergüenza, o quizás una mezcla de ambos. Pero es algo más profundo que nace de los momentos perdidos y el rencor oculto y encadenado al conformismo y la necedad. Creo todo lo que me dice sin plantearme siquiera la posibilidad de que sea mentira. Yo puedo pintar el pasado y el futuro y ella puede hacer lo que asegura que es capaz de hacer ¿Quién soy yo para poner en duda sus palabras? Además, todo encaja a la perfección.
-¿Recuerdas cuando nos conocimos? -me pregunta- Fue en un restaurante de carretera, uno bastante grande que está a las afueras del pueblo. También allí fue donde me diste el primer beso y donde nos tomamos de las manos y decidimos llevar lo nuestro adelante. Bien. Pues olvídalo. Llevábamos años detrás de ti, observándote y esperando que fueras lo que finalmente eres. Me enviaron para controlarte, para evitar que otros ojos te descubrieran. Yo abrí tu corazón al mío y logré que te enamoraras perdidamente de mí. Eso es lo que yo hago. Consigo que la gente me retenga en su interior y no pueda vivir sin dedicarme todos sus pensamientos y toda su vida. Esa es la maldición con la que nací y que ellos me enseñaron a utilizar.
-¿Quiénes son ellos, Lucía? -casi no puedo creer todo lo que cuenta, pero en el fondo de mi ser entiendo que es cierto. En estos momentos me interesa más saber qué hay detrás de todo esta locuraque descubrir si lo que siento por ella es solamentefruto de una habilidad que se escapa a mi comprensión.
-El último sobre que recibiste fue el detonante de todo -me dice sin responder a mi pregunta-. Ahora ya intuyen, o quizás saben, que puedes ver lo que esconde el sindicato católico. La foto que te enviaron era sólo una última prueba para estar seguros de si valía con mantenerte a raya, comprado con su dinero, o si se hacía necesario adoptar medidas más fuertes. Primero te intentan utilizar, te sorben todo y luego, si consideran que eres un peligro, te quitan de enmedio. Tú viste algo después de mirar la foto del padre Beato, ¿recuerdas?
Lucía se queda mirándome. Poco a poco, todo el puzle comienza a tomar sentido. Las llamadas al teléfono móvil, los sobres pegados con cinta aislante rosa a los bajos de las sillas del cine, las fotografías y el trance que me sobreviene después.
Es como adentrarse en un túnel que no para de dar vueltas. Me mareo y no puedo hacer nada por evitarlo. Repentinamente, mi estómago se rebela y me obliga a levantarme tan rápido como puedopara llegar a tiempo al baño. Echo lo poco que comí la noche anterior en un solo estertor qu me hunde el pecho y me vacía por dentro. La bilis, amarga y viscosa, se mezcla con el huracán de sentimientos que ahogan mi mente y supuran de mi corazón. Jamás he amado a Lucía, nunca he sido libre y ahora, encima, el partido más poderoso de todo el país anda detrás de mí para liquidarme porque se supone que sé algo que ni siquiera puedo recordar. Se supone que sólo quería vivir lejos del pueblo porque no soportaba estar cerca de ella. Se supone que mi obsesión era sacar a la calle mi tebeo para que cerca de dosmil lectores disfrutaran con mis viñetas. Se supone que con todo eso me valía, que no necesitaba nada más. Ahora toda mi vida se derrumba como un castillo de naipes azotado por el viento.
Un golpe seco y fuerte me saca de mis pensamientos. Oigo a Lucía gritar y escucho cómo la puerta de la habitación salta en pedazos. Como puedo, me pongo de pie y salgo apresuradamente del baño. No pienso en mí, ni siquiera en lo que pueda estar sucediendo allí fuera o en lo parecido que es ese golpe repentino a un disparo. Mi mente sólo puede pensar en Lucía, en su seguridad, en que no le pase nada malo.
