Capítulo 2: Pensamientos rumiantes...
Esta mañana me he levantado con pensamientos rumiantes taladrándome la cabeza. Muchos psicólogos opinan que el nombre de este síndrome (qué poco me gusta esta palabra) se deriva de su semejanza con la forma de digerir la comida de las vacas. Primero arrancan los hierbajos del suelo, se los tragan y después los regurgitan una y otra vez hasta que los han masticado del todo.
Algo similar sucede con este tipo de pensamientos, que insisten en regresar una y otra vez a pesar de que tú no quieras. Sólo que yo creo que se parecen más a los viajeros que cogen cada día el metro. Intentas deshacerte de ellos, centrarte en tus asuntos mientras pasas de una estación a otra, pero es imposible. Te atosigan con sus miradas sucias y somnolientas, te empujan con sus maletines hediondos de aburrimiento y te obligan a esconderte dentro de ti mismo para evitar escuchar sus comentarios huidizos e impertinentes.
No me gusta el metro. Me hace sentir pequeño y estúpido. Odio las escaleras mecánicas y no aguanto ese zumbido incesante que se pone en marcha nada más descender hasta el andén. Es curioso cómo el resto de la gente ha conseguido dejar de oírlo.
-Oiga, perdone -me atreví a preguntarle esta mañana a uno de esos muchos viajeros que viven encajados en un traje negro de rayas grises- ¿Qué es ese zumbido que se oye? Es muy molesto.
Ni siquiera me respondió. Me miró como si estuviera loco, se apartó cautelosamente de mí y continuó meciéndose al ritmo del vagón dos asientos más allá. En ese momento, ni se me pasó por la cabeza dedicarle una mirada de reproche. El déjà vu de primera hora de la mañana estaba a punto de aparecer y no quería estropear ese momento con preocupaciones ajenas.
Me acomodé en el asiento, las manos en los bolsillos de la cazadora, y me dejé llevar. Así es como evito los agobios del metro.
Sonó la alarma del reloj, la apagué al momento y esperé. Siempre sucedía a la misma hora, así que, para que no me pillara de pie en algún sitio o hablando con alguien, me había comprado un reloj digital y lo había programado para que me avisara un minuto antes de la hora exacta del déjà vu. Jamás se había adelantado o retrasado y aquel día tampoco lo hizo. Llegó justo a tiempo, a las ocho y veintitrés de la mañana. Dicen que los convecinos de Kant ponían en hora sus relojes según los hábitos que tenía el filósofo. Jamás fallaba en sus costumbres. Cada día estoy más convencido de que le sucedía algo parecido a lo que yo sufro.
La ola de serenidad me arrastró de forma brusca. La sensación es cercana a la de un orgasmo, aunque no tan extasiante y sí más prolongada. Mientras notaba cómo cada fibra de mi cuerpo se adaptaba al déjà vu, me concentré en la habitación de mi pensión. Después de tantos años padeciendo aquella placentera tortura, al final había descubierto un modo de controlarla. Y lo que más me importaba en aquel momento, aparte de olvidarme de ciertos pensamientos rumiantes que amenazaban con derribar mi cordura, era descubrir qué sucedía cada noche tras la pared de mi dormitorio.
Quizás lograra ver algo, o quizás no. Al menos conseguiría huir de la marea oscura y agobiante que es para mí el metro de Madrid.
Permití que la realidad soñada por mi mente enferma se superpusiera a la que tenía delante. En sólo un segundo, el vagón en el que viajaba se esfumó, el zumbido del túnel se evaporó en una nube que olía a algodón de azúcar y la gente anodina a mi alrededor fue sustituida por un cuartucho oscuro repleto de decenas de camas colocadas en fila.
...
El déjà vu se prolongó esta mañana algo más de lo habitual. Tanto que me pasé mi parada y tuve que regresar sobre mis pasos para llegar al estudio. Pero no me importó. Descubrí algunas cosas importantes. Ahora intento plasmar mis visiones en las viñetas que me toca dibujar hoy. Cada día me propongo terminar al menos una docena. Es la única manera que conozcno para ganarme la vida. Y es también un buen truco para ahorrarme unas cuantas visitas al psicólogo. En mis tebeos vierto toda la bilis que guardo dentro, permito que mis seguidores disfruten con ella (a veces espero que se atraganten con ella) y todos contentos. Ellos disfrutan con historias que piensan que son falsas y yo me deshago de una buena parte de mis miedos más profundos.
En el número de este mes, mis dibujos narrarán la historia de un internado donde los gemidos de desesperación son capaces de viajar en el tiempo hasta la habitación de mi pensión.

Bulcifer dijo
Nas feo!!!!! :D interesante relato, aunque todavia estoy esperando que me escribas el origen de "bulcifer" que el del apellido estas mas o menos finalizado....jijijijijij.
26 Noviembre 2006 | 04:12 PM