Lucía me mira a los ojos como si fuera la primera vez que me ve. Me taladra con sus pupilas redondas y profundas, sin expresión alguna en el rostro. Está sentada frente a mí, al otro lado de la mesa de la cafetería y yo sigo sin estar seguro de si se trata de un sueño o una maldita pesadilla. Lleva el mismo vestido rojo ceñido que se puso para nuestra primera cita y sus labios lucen una pitura carmesí tan familiar para mí como el dulce perfume que inunda aquel rincón del bar.
-¿Sabes? Decidí dejar de huir y al final no conseguí más que hundirme en mi propia peste -le digo, consciente de que probablemente esté hablando solo y allí no haya nadie más que yo-. Pero supongo que a ti te da igual.
Espero una respuesta, pero Lucía mantiene su mirada fija en mí sin pronunciar una sola palabra, sin cambiar el rictus ni pestañear siquiera. Cada vez estoy más seguro de que aquel reflejo en el asiento de enfrente es un fraude que trata de engañar a mis sentidos. Pero prefiero dejarme llevar por la ilusión que caer en la tremenda realidad. Le cojo la mano con dulzura, palpando sus dedos y saboreando con mi tacto marchito su piel pálida y suave. Trato de convencerme a mí mismo de que podría quedarme allí sentado para siempre.
-Me da igual estar en Madrid o en pueblo. Ya no creo en nada. He perdido el apetito, el sueño e incluso la cordura. Sí, de lo último estoy casi seguro -sigo hablando conmigo mismo-. Me he perdido y no logro reencontrarme. Y lo peor es que no me importa.
He perdido la cuenta del tiempo que llevo encerrado...
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No es un reflejo, esta ahi.